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Sobre la evaluación de sexto de primaria Por: Antonio
El Miércoles 4 mayo 2005.

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El próximo diez de mayo la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid pretende llevar a cabo una prueba entre todos los alumnos y alumnas de sexto de primaria. Se trata de un cúmulo de despropósitos tan enorme que es extraño que no hayan saltado todas las alarmas del sentido común.

Esta prueba forma parte de un plan de prevención del fracaso escolar, pero, a renglón seguido nos enteramos de que la primera de las cuatro actuaciones que comprende el plan es, nada más y nada menos, que la “elaboración de un nuevo currículo”. ¿A quién se pretende engañar? Ninguna comunidad autónoma tiene capacidad para elaborar el currículo. ¿Dónde ha quedado el griterío contra la supuesta desmembración educativa de España que supondría la aprobación del anteproyecto de la Ley Orgánica de Educación? Sin embargo, mucho más grave es que se pretenda elaborar un currículo de nueva planta a partir de la lucha contra el fracaso escolar. ¿Se trataría de partir de lo que no saben quienes menos saben para elaborar nuevos contenidos curriculares?

En la segunda parte de las instrucciones de esta prueba se va aún más lejos: “No se trata de comprobar el grado de adquisición de competencias básicas propias del currículo, sino de conocer en qué medida el actual currículo proporciona los conocimientos y destrezas que son imprescindibles para iniciar la Educación Secundaria Obligatoria”. La frase es todo un monumento al absurdo. No se trata de saber en qué grado los alumnos saben sobre lo que han aprendido, sino que se trata de comprobar que no saben lo que no hasta ahora no han tenido que aprender. Es la profecía que se cumple a sí misma: te pregunto sobre aquello que no sabes y demuestro que eres un ignorante. Pero la cosa no termina aquí. Ahora resulta que los contenidos curriculares de primaria tienen sentido en función de lo que sea la secundaria. Es la concepción propedéutica y academicista del sistema educativo: un nivel -la primaria- cobra sentido en función del siguiente nivel -la secundaria-. La educación primaria carece de entidad por sí misma, no es más que un mero tránsito hacia las mieles de la secundaria. Supongo que el siguiente paso será concebir el bachillerato en función de lo que se intuye que pueda ser la universidad.

Sin embargo, donde se deja ver con claridad hiriente el modelo autoritario y desfasado de educación que pretenden imponer las autoridades autonómicas es en las instrucciones del desarrollo de la prueba. Para empezar se crea la figura del “aplicador”, individuo que será el encargado de velar por que la prueba “se desarrolle con la seriedad y normalidad que se requiere”. ¿Significa esto que se teme una rebelión popular contra este examen? Pero además, nuestros gestores intuyen que una prueba tal va a tener carácter intimidatorio y por ello los tutores habrán de estar presentes “con el único objeto de contribuir al sosiego y tranquilidad de sus alumnos”. De hecho, y como botón de muestra, mi hijo que está en sexto de primaria me ha dicho que entre sus compañeros corre el rumor de que este examen será la puerta de entrada al instituto. Quizás no les falte razón: el sueño dorado de cierta derecha educativa sería un examen de reválida antes de la secundaria.
Pero no termina aquí el calvario. El pobrecito “aplicador” tendrá que evitar “un clima de preguntas continuas”. ¿Qué extraña cosa será esta? En la escuela del silencio no se debe permitir que los niños asalten al comendador con sus pueriles preguntas. Además el comisario político de la administración admitirá ser requerido sobre dudas en torno a las instrucciones, pero no -pásmese el lector- “sobre las respuestas”. Por si fuera poco, también deberá indicar a los alumnos que lo hagan “lo mejor posible”. ¿Acaso el “aplicador” es un imbécil que desconoce las reglas de un examen?

En cualquier caso llueve sobre mojado. Los inspectores hacen pruebas similares a estas, pero quizás no hayan alcanzado la dignidad de “aplicadores”. ¿Vale tan poco el tiempo escolar como para desperdiciar toda una mañana con el examen del señor consejero de Educación?

Todo apunta a que la tal prueba forma parte de la estrategia de enfrentamiento del gobierno de la señora Aguirre con el gobierno nacional. La intención es probar que el camino de la LOGSE que; según algunos, retoma el anteproyecto de la Ley de Educación; nos lleva al fracaso. Para ello nada mejor que elaborar un examen ad hoc que se convierta en prueba irrefutable. Mientras tanto las víctimas son los niños.

La sociedad civil debe rebelarse frente a esta arbitrariedad del poder político -hoy el es PP, pero mañana podría ser el PSOE- y negarse a la realización de este examen. Si la Consejería insiste en llevarlo a cabo lo mejor sería que los padres de alumnos de sexto no lleváramos a los niños al colegio el martes 10 de mayo.

Rafael Feito Alonso.
Profesor titular de Sociología de la UCM.
rfeito@cps.ucm.es


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