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Cuando llega el verano... educar desde el optimismo Por: Antonio
El Viernes 24 julio 2009.

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El optimismo se construye día a día, no se nace con el. Requiere de una capacidad intelectual que permita aprender a dominar pensamientos de fracaso y tristeza; y una voluntad que ayude a enfrentar las dificultades y los momentos más empinados de alcanzar. El optimismo es una virtud que hay que cultivar con tenacidad frente actitudes tan peligrosas como el falso realismo o el derrotismo.

Cuando me asomo a las páginas de los periódicos buscando alguna noticia o artículo de opinión relacionado con el mundo de la educación, lo que encuentro, en la mayor parte de las ocasiones, son noticias o artículos bañados de un decepcionante tinte negativo: fracaso escolar, desmotivación, violencia, demoledoras estadísticas sobre la temprana edad de iniciación en el mundo de las drogas, el sexo... Últimamente también observo que cuando los padres hablamos sobre educación recurrimos, con demasiada frecuencia y quizás “guiados” por tanta estadística, a la añoranza como principal herramienta de análisis: “nuestros hijos no son cómo éramos nosotros que valorábamos el esfuerzo, la austeridad...ahora no saben lo que quieren...”. Es un hecho indudable que nuestros hijos han cambiado y que como casi todo cambio, este también tiene aspectos negativos y positivos y que quizás el problema no solamente está en ellos, sino en nosotros, los adultos, que tenemos la equivocada tendencia de querer ver siempre la botella medio vacía y de olvidarnos que nosotros también fuimos un día niños y adolescentes llenos a partes iguales de virtudes y de defectos, fortalezas y debilidades.

Seguro que si revisamos los periódicos de los últimos meses nos encontraremos con algún texto parecido a este: “Nuestros muchachos ahora aman el lujo, tienen pésimos modales y desdeñan la autoridad. Muestran poco respeto por los superiores y prefieren la conversación insulsa al ejercicio. Los muchachos son ahora los tiranos y no los que colaboran en sus hogares. Ya no se levantan cuando alguien entra en el hogar, no respetan a sus padres, devoran la comida y tiranizan a sus maestros

“Lamentablemente” para aquellos que defienden el progresivo y novedoso deterioro de nuestros niños y adolescentes, esta cita pertenece a Sócrates que la escribió en el año 400 A.c. y por lo que parece, ya tenía sus más y sus menos con los muchachos de la época.

Desde mi experiencia como padre y veinte años de docencia, mi opinión es que las estadísticas “no oficiales” y las que menos “venden”, siguen siendo cuantitativamente favorables para los niños y adolescentes que, con sus “traspiés”, caminan hacia un futuro del que sus padres seguro que estaremos orgullosos. Niños y adolescentes, en pleno proceso de “construcción”, que buscan su propia identidad en un mundo no siempre fácil de entender en continuo y en ocasiones frenético devenir y que merecen, pese a las muchas dificultades del día a día, padres que les eduquen desde el OPTIMISMO. Ese optimismo del que nos habla Savater en “El valor de educar” (Ariel, 1997) cuando nos dice: “Y es que la enseñanza presupone el optimismo tal como la natación exige un medio líquido para ejercitarse”. Un optimismo que nace del cariño y del compromiso de educar que libremente hemos elegido.

No pretendo con mis reflexiones caer en la utopía de negar la existencia de problemas en la educación de nuestros hijos. Y hacia los padres y niños que afrontan momentos complicados, debe ir dirigida toda nuestra comprensión (empatía) y todos nuestros esfuerzos de ayuda y de orientación, sabiendo, tristemente, que no en todos los casos alcanzaremos los objetivos que nos hemos fijado. Pero de lo que sí me gustaría hablar es de la necesidad de un cambio de estrategia a la hora de afrontar los problemas, más o menos, importantes que nos acompañan en la realidad educativa de cada día, de cada familia. Y este cambio, desde el optimismo, necesita que los educadores aprendamos a ver la botella medio llena, necesita que la añoranza del “pasado siempre fue mejor....” deje paso a la aceptación de una nueva realidad presente y a la esperanza de un futuro educativo que nos demanda un esfuerzo social compartido en el que:

  1. Pensemos que todo aquello que, desde que son muy pequeños les decimos y transmitimos, tiene su razón de ser; que el esfuerzo, no siempre agradecido, merece realmente la pena y que a corto, medio o largo plazo (cada niño/a sigue un proceso de maduración diferente) las actitudes, competencias y valores que hoy tratamos que interioricen, encontraran su lugar. Y por eso, en el tren de la educación no existe la posibilidad de “bajarnos” en una estación intermedia y tenemos el deber de llegar al final del trayecto.
  2. Seamos fieles a nuestra identidad, a nuestra escala de valores. Una identidad, en ocasiones a contracorriente, que tiene que ver con lo que decimos ser y queremos ser y sobre todo con lo que desde nuestro ejemplo, realmente somos. Cuando nuestros hijos crezcan y afronten la tarea de educar a sus propios hijos, lo que realmente nos agradecerán no es que les hayamos educado únicamente desde el fácil y reconfortante SI, que ahora tanto nos “agradecen” y que evita cualquier posibilidad de conflicto, sino que les hayamos educado en una identidad sólida, forjada también desde el difícil y necesario NO. Con una clara jerarquía de valores donde lo que se dice coincide con lo que se hace y desde la que puedan afrontar los muchos obstáculos que se encontraran a lo largo de su vida.
  3. Nos alejemos del error de etiquetarlos: “mi hijo/a es un/a...” como si no existiese ninguna posibilidad de cambio y solamente la perfecta auto justificación de que nuestro esfuerzo no merece la pena.... y por eso tampoco el querer intentarlo. En educación nadie nos garantiza el éxito, pero seguro que si partimos de la idea de que nuestra actuación resultará inútil, lo único que conseguiremos será el que nuestras expectativas, finalmente, se cumplan. Solo si creemos en ellos, conseguiremos que crean más en sí mismos.
  4. No olvidemos, como decía al principio, que nosotros también fuimos un día niños y adolescentes, que detrás de los pequeños o grandes conflictos con nuestros padres, escondíamos una parte importante de nuestro miedo a no saber realmente quiénes éramos y hacia dónde queríamos ir. No olvidemos, que solamente escuchando y entendiendo lo que nuestros hijos, con sus palabras y sus silencios quieren decirnos, seremos capaces que entiendan lo que nosotros queremos decirles.

Ahora que llega el verano y el buen tiempo.... es un buen momento para recordar que nadie educa en aquello que no es y que solamente desde el optimismo educaremos hijos OPTIMISTAS.

Madrid, Julio 2009.

Jerónimo García Ugarte (Tutor UP)

Artículo publicado en la revista universidaddepadres.es


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