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Crónica de la excursión a El Pardo Por: Antonio
El Viernes 13 abril 2007.

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Después de varios días de viento y frío, el día 24 de marzo amaneció cálido y soleado. Había llegado el día de nuestra esperada excursión. Entre chicos y grandes nos juntamos 42 personas y un perrito, ¡un buen número!.

Después de varios días de viento y frío, el día 24 de marzo amaneció cálido y soleado. Había llegado el día de nuestra esperada excursión. En el punto de encuentro, alrededor de la hora señalada 16:30, fueron apareciendo niños con caras anhelantes y “mayores” sonrientes. Todos preparados para andar por el monte. ¡Iba a dar comienzo nuestra marcha! Entre chicos y grandes nos juntamos 42 personas y un perrito, ¡un buen número!. Repartimos unas pegatinas a los niños dónde se veía el planeta azul y el lazo verde de protección a la Naturaleza. Se los pusieron con orgullo diciendo -Yo si voy a proteger la Naturaleza. (Nuestra marcha a pie, sin coches, ha sido nuestro granito de arena en la lucha contra el Cambio Climático).
Comenzó nuestra senda internándonos en el monte de El Pardo, pasando la muralla. Con sólo unos pocos pasos, habíamos cambiado la ciudad por el monte, la acera por el campo. Nuestra vista se llenó de los colores de la jara, de la encina, de la retama, del cantueso... Los niños corrían por la senda, parándose de vez en cuando para observar una madriguera, o bajar deslizándose por alguna resbaladera. Desde lo alto vimos a nuestros pies como se extendía Madrid con sus torres, que fueron señaladas una a una.

A mitad de camino pasamos del monte a la ribera del Manzanares. Las encinas se transformaron en árboles de ribera; álamos, fresnos, olmos... Recorrimos la zona conocida como playa de Madrid. Vimos trenes que raudos se dirigían al Norte y pensamos en los viajeros, que asomados a sus ventanillas, medio adormilados, nos verían andar por el camino y dejarnos atrás en medio del bosque. Los niños jugaban y corrían a nuestro alrededor. En realidad hicieron muchos más kilómetros que los demás, que amamos más la línea recta. Pero ninguno se cansó. Íbamos conversando, unas veces con unos, otras con otros, mientras nos acercábamos al pueblo. Sensación grata la del peregrino que ayudado sólo por sus pies, ve como se acerca un pueblo y van apareciendo las casas. Comprendimos la frase que dijo Santiago Ramón y Cajal, cuando veía como los coches y las carreteras estaban cambiando la vida en las ciudades y en el campo, La celeridad que nos trae el automóvil suprime el encanto de la contemplación.
El sol se estaba metiendo por el horizonte y el frescor de la tarde nos iba haciendo ponernos las chaquetas. Fue una tarde preciosa dónde, en efecto, contemplábamos todo con una nueva visión. Hubo alguien, (me ha pedido que no diga su nombre), que escribió este poema a su hija:

Que bien nos lo hemos pasado
divirtiéndonos un rato...
caminando paso a paso
entre encinas y árboles muy altos.

Vimos el campo de golf,
torre espacio a lo lejos,
también las torres gemelas
y un lago en la ladera.

Que bonito estaba el sol,
el tomillo, la jara y los pinos
nos envolvían con su aroma
y así se nos pasó una hora.

Continuamos andando,
otros corrían sin parar
y Susana, Natalia, Elam...
parecía que iban a volar.

Subimos una montaña
Superalta y difícil, pero
Supimos subir para más
Tarde bajar.

Que divertido es viajar,
También el caminar, pero más
Divertido es....
Con los AMIGOS ESTAR.


Con cariño para mi niña, SUSANA,
SUSANITA que es la niña más guapa
y bonita
Y para mamá era UNA PRINCESA
MUY ESPECIAL.

Cerca de la entrada al pueblo, antes de que el camino se convirtiera de nuevo en acera, los niños se pararon ante un gran terraplén que había a un lado del camino y, sirviéndoles de enorme tobogán, subían al montículo y bajaban por la pendiente
- ¡Esto si que es guay!. Hacían colas para deslizarse por allí, pero según bajaban volvían corriendo a subir. Tras un buen rato de sube y baja, decidimos que teníamos que seguir el camino.
- ¡Vámonos!, voz que fue respondida, en otras varias voces, por aquello tan conocido de -¡La última!, ¡La última.. porfi!
En el pueblo de El Pardo, fin de nuestra marcha, los niños llegaron a un parque grande con columpios, aparatos para escalar, etc. Con ellos se quedaron dos o tres papás amables, que se iban turnando, y los demás fuimos a tomar un chocolatito calentito. ¡Nos vendría estupendo!, ya que iba cayendo el relente. En una sala de estilo antiguo, de uno de los cafés de la plaza, juntamos varias mesas y nos sentamos para terminar la velada en total camaradería. No había churros, ni muchos bizcochos para tantos como éramos, pero lo pasamos bien de todas formas, sobretodo con el lío de la cuenta.
Después de un día tan bueno, los siguientes fueron de lluvia... pero eso es ya otra historia.

Elisa Herrero Uceda


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